2006年7月
-¿Para qué quiere imaginar lo que puede ver?
-Para poder hacer lo que, de otra manera, nunca haría.
-¿Acariciarme?
-Escribir.
-¿A oscuras?
-Y en silencio.
-¿Qué clase de historia? ¿De amor?
-No lo sé. Depende.
-¿De qué depende?
-De las palabras.
-¿Qué palabras?
-Las que pronunciamos.
-¿En silencio?
-Entre palabra y palabra.
-Comprendo. Palabra, silencio...silencio, palabra...
-¡Silencio!
-Está bien. Cerraré la ventana.
-¡Espere! Acérquese. ¿Quién es usted?
-Su tintero. Puede mojar su pluma, y escribir en mi cuerpo.
-¡Que vulgaridad! Joven, estúpida y procaz.
-Tal y como usted me desea.
-Se equivoca. No necesito su piel para usarla de papel. Y solo deseo que me deje en paz. No la necesito para escribir historias que ya están escritas hasta la saciedad. Si ha entrado en sus cálculos seducirme, lamento decepcionarla. Solo me interesan sus palabras.
-¿Para eso me ha llamado?
-Para eso ha venido.
-Gracias.
-Cierre la ventana. El prólogo ha terminado, la historia va a empezar.
La Sombra del viento, Carlos Ruiz Zafón